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La Coctelera

Obra literaria de Fernando Luis Pérez Poza

Poemas, relatos y artículos de Fernando Luis Pérez Poza

Categoría: Camino de la luz

20 Marzo 2009

Si suavemente

 

SI SUAVEMENTE...

Si suavemente recorriera tu litoral,
si suavemente sintieras mis dedos sobre tu piel,
mis finos labios, mi boca,
si sintieras mis manos como palomas blancas
allí donde tu polvorín más hondo estalla,
si galopara en la densidad marina de tus olas,
escucharías
un rumor de sedas,
de ecos repetidos,
de sol sin llama,
como fuego que no quema,
como hoguera que no arde
pero alumbra,
como lluvia con rumor
a catarata que desborda el cielo
pero no ahoga,
oirías, como te digo,
la sirena de mi puerto en la mañana
gritando muda con su aliento
de gaviota enamorada
que te quiero.

Si yo sintiera en mis maderas el agua
de tus mares, la espuma de tus versos,
la fuerza de tus olas
jaleando los costados de mi barco
en mitad de los océanos,
treparía a las velas de tu esencia
y dejaría mar adentro,
a la deriva,
el amargo volcán de mis silencios.

Si en mis ojos redoblaran las campanas
delirantes de tus rojas amapolas,
y el faro de la vida me orientara
como resto de un naufragio hacia tus costas,
poblaría de planetas tu universo
y de latidos mi negra caracola.

 © Fernando Luis Pérez Poza

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20 Marzo 2009

Pienso en ti, compañera

 

PIENSO EN TÍ, COMPAÑERA

Hoy, con el aire envuelto
en una tiniebla de tristeza,
pienso en ti, compañera.

Me pregunto por dónde
andarán tus huesos, tan lejos
de mi cuerpo, tan cerca de mis versos.

Aquí, en esta isla solitaria
del tiempo, pienso en ti,
en tu piel suave como un beso,
en tu boca madura de fruta
a punto de caer del árbol,
en tus ojos de fresa enamorada
que miran con el fuego de una llama
y apagan en el aire las distancias.

Aquí, en este remanso solitario
que el río de mi vida me depara
me detengo a soñar tus pechos
con la blanca ternura de mis dedos
y la lava encendida de mis brazos.

¿Dónde estás, compañera?
¿En qué universo
se han escondido tus átomos?
¿De qué materia transparente
estás hecha que no alcanzo
nunca a divisar tus cielos?
Pienso en ti, compañera.

 © Fernando Luis Pérez Poza

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20 Marzo 2009

Definición

 

DEFINICIÓN

Amar es un viaje
lleno de luces y de sombras,
un huracán que te eleva del suelo
y te puebla de estrellas los huesos,
es volar por el cielo en primavera
y descender a los infiernos del invierno,
es una amarra que te ata a la vida
o simplemente una excusa
para seguir viviendo.

Amar, compañera,
es como arder sin encenderse,
la pirotecnia de un cohete
que te asciende a las alturas
y te deja caer como una piedra
en un océano de calaveras.

Amar es un delirio del cuerpo
que nos abre otros universos,
es una nieve que arde,
o un fuego que se apaga,
una sombra que brilla
y una luna que se oculta
en lo más hondo de las venas.

Amar es escuchar una tierna melodía
en medio del silencio de la noche,
recorrer un sendero de amargura
sin mas tara o equipaje
que el inmenso baúl de la locura.

 © Fernando Luis Pérez Poza

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20 Marzo 2009

Mira el mar, compañera

 

MIRA EL MAR, COMPAÑERA

Mira el mar,
ese lienzo bordado de espejos azules
que siempre borra la huella de mis pasos,
la melodía secreta de sus olas,
el carnaval sincero de su espuma
tan triste como un sueño,
tan fugaz como un destello.

Es su piel un horizonte espeso,
infinito, distante, fugitivo,
laberinto de salitre
donde se muere el aire
para que puedan respirar los peces.

El aire,
esa agonía rota,
esa soledad hecha destino
por donde trepan
las espirales del llanto
y se derrumban los abismos del alma.

El alma,
ese frágil castillo de diamantes,
ese pálido arrecife o bandera blanca
que ondea en el azul de la palabra
y destila los vaivenes de la sangre.

Mira el mar, compañera,
que la vida es una corta espera
y yo no quiero perdérmela entera.

 © Fernando Luis Pérez Poza

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20 Marzo 2009

Compañera

 

COMPAÑERA

Compañera, hoy he visto
que en tus ojos hay gaviotas que sueñan,
llamaradas que huyen del hielo,
estrellas de ojos mansos
que derraman limosnas de luz
en el abismo roto de mis venas.

Y te diré que a todas horas siento
cómo tus manos amueblan mi piel
caricia a caricia,
            ternura a ternura,
                        segundo a segundo,
que a todas horas siento
el cálido roce de tus dedos,
cruzando suavemente mis fronteras,
cómo si cada poro de mi cuerpo
fuera un universo abierto al infinito rumor
de tus latidos,
                     de tus abrazos,
                                             de tus sentidos.

Hoy, compañera, como cada noche
de un tiempo a esta parte,
celebro haberte conocido,
saber que a veces eres
lluvia para ahogar mis penas,
tierra para sembrar mis besos,
trueno para apagar silencios.

Hoy, compañera, amante, amiga en la tristeza,
por encima de todo quiero decirte
que cada día que pasa
el cielo me parece aún más alto,
que no hay techo más allá de las estrellas,
y que algunas veces, cuando sueño, vuelo,
si tus alas de cometa se despliegan a la par
de la loca fantasía de mis velas.

 © Fernando Luis Pérez Poza

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20 Marzo 2009

Elegía a una mujer que amé

 

ELEGÍA A UNA MUJER QUE AMÉ

Me ha dejado tu marcha un dolor solitario
que en muchísimo tiempo no saldrá de mis venas,
un dolor inhumano de cilicio y de espinas
que se hunde sin tregua en lo más hondo del pecho.

Tu risa era tan sencilla, sincera y abierta,
que cuando estallaba era cristal de mil colores
que saltaba en pedazos y llenaba de esquirlas
todos los rincones huecos de mi corazón.

Conocías las claves más secretas de mi alma,
sabías de memoria el mapa de mis corales,
y en el libro impreso de mis sueños eras siempre
la página más bella que jamás se escribiera.

Tu cuerpo era salvaje, delirante en latidos,
esencialmente puro, de fértil pedrería,
tal vez con texturas y ternuras infinitas
que nunca nadie pudiera haber imaginado.

Cuando descendías a la tierra y te entregabas
-tú que eras ola ardiente en mitad de la tormenta-
traías a mi vida el frenesí de las musas
y el veneno mortal  de su trémula serpiente.

En las tardes de invierno tus labios de alambique
destilaban pétalos de nieve y rosas blancas,
mareas desbordadas de sedas y suspiros
que me hacían sentir la luz de tus relámpagos.

Pero también eras ave de paso, fugaz
velero sin timón y sin vela que equivoca
el rumbo y se despeña en el abismo sin fondo
del tiempo eterno del que nunca se regresa.

Tus ojos eran tragaluces claros por donde
se escurría una mirada limpia y sin fronteras
en la que resonaban solemnes las campanas
del amanecer, del mediodía, del crepúsculo.

Ahora eres solo un recuerdo amargo y vacío,
la voluta de un humo que fluye hacia el olvido
y no sabe que detrás del último horizonte
sólo hay ventanas para mirar a la muerte.

 © Fernando Luis Pérez Poza

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20 Marzo 2009

Mira el cielo, compañera

 

MIRA EL CIELO, COMPAÑERA

Mira el cielo, compañera,
esa selva azul e inmensa
donde duerme el horizonte
y se desesperan los sueños.
¿No escuchas el batir de los remos
o las hélices del alma de los muertos
abriendo surcos en las aguas de la nada?
Con las cadenas del ancla mal engrasadas,
ponen rumbo a ninguna parte,
se derraman por los adoquines sordos del vacío,
se deslizan por la cresta del silencio
como oleadas de sombras que cortan el aire
y arrojan sus trozos
al inmenso basurero del absurdo.

¿No oyes sus fanáticas risas de cadáver,
el crujido lento de sus huesos de cieno?
Silban, gruñen, suspiran hondamente
y en cada uno de los sonidos que emiten
se advierte un olor a bodega rancia,
a vientre de barco desahuciado,
a estómago vacío de serpiente.

Ya no corre por sus venas
el vapor trepidante de la sangre,
la sonrisa alada de la vida
tañendo la campana ronca del mañana.

Atrás se quedó el tiempo, atrás,
oscurecido por el polvo del recuerdo,
en la mirada turbia del pasado,
en el gris cendal de aquella tumba profunda
que abrió sin remedio
el abismo descarnado de la tierra.

Mira el cielo, compañera,
porque todavía sigue ahí, azul, colgado,
quién sabe de qué infinito
o desmedido campanario,
quién sabe a qué puerto
o dársena del universo amarrado,
quién sabe para qué o por quién inventado.
Mira el cielo, compañera
y vive con toda la intensidad que puedas
la fértil realidad de la existencia.

 © Fernando Luis Pérez Poza

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20 Marzo 2009

Dime, compañera

 

DIME, COMPAÑERA

Dime, compañera.
¿Por qué caminos se llega hasta tu alma?
¿O qué palabras tendré que inventar
para ocupar esa celda dormida
que acumula océanos de ternura
en las colmenas de tu corazón?

Yo vengo de una tierra seca y extraña,
del frío territorio de la nieve,
de un árido desierto sin orillas
donde sólo se respira la muerte.

Atrapado en un baúl de pesadillas
y amarguras, soy un muñeco del tiempo
que se desliza a rastras por la vida
con el alma tatuada de silencios.

Dime, compañera.
¿De qué madeja saldrá el hilo dulce
del destino que nos volverá ovillo?
¿De qué cielo se extraerá el azúcar
infinito que unirá nuestros cuerpos?
¿Es qué existe algún árbol que florezca
y dé frutos en mitad del invierno?

 © Fernando Luis Pérez Poza

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Sobre mí

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Obra literaria de Fernando Luis Pérez Poza

Pontevedra, España
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¿Quién soy? ¿Por qué escribo poesía? ¿Qué busco? Son todas preguntas de muy difícil respuesta. Un día una amiga sicóloga me dijo: Si no fueras persona, ¿qué te gustaría ser? Y yo respondí: Gaviota. ¿Y si no fueras gaviota? Aire, mar, cielo, respondí de nuevo. Y casi sin analizarlo, concluyó: ¿Sabes lo que eres tú? Pues un soñador. Ahora pienso que tenía toda la razón. De lo cual me alegro porque me gusta ser así, un piscis recalcitrante con una malformación congénita incurable: llevar el corazón instalado en el cerebro y unas alas en la imaginación que me hacen volar más allá de muchos horizontes. Nací un veinticinco de febrero de mil novecientos cincuenta y ocho, en la ciudad gallega y española de Pontevedra. Desde que tuve uso de razón me contaron que en mi familia hubo un gran poeta vanguardista, Manoel-Antonio, que mi abuelo era nacionalista gallego e íntimo amigo de Castelao, y que éramos de izquierdas. Tres circunstancias que han influido de una manera extraordinaria en mí. A los doce años decidí hacerme seminarista para salvar al mundo de morir en pecado. La idea era convertirme en misionero y ser destinado a Nueva Zelanda como tal, pero pronto me di cuenta de que las religiones no sirven nada más que para engendrar odio y guerras, lo que permitió que tanto los papúes como yo nos salváramos de esa fiebre evangelizadora y adolescente. Después mi vida ha transcurrido por muy distintos, variados y variopintos derroteros. En algunos momentos he ocupado puestos de nombres muy rimbombantes, me he relacionado con personas que ahora son o han sido presidentes de gobierno, ministros, secretarios de estado, y un largo etcétera de personajes cuyo contacto me ha servido más que nada para conocer de cerca la esencia más pura de la estupidez humana. Ahora compagino algunas actividades relacionadas con los movimientos sociales y esta pasión por la literatura, en especial por la poesía, que junto con mi hija María, de diez años, son los ingredientes principales que me motivan para seguir adelante. Soy también editor de libros de poesía y he publicado en papel ya más de 140 libros de autores de todo el mundo. Mi página es www.eltallerdelpoeta.com. Podría pasarme horas hablándoles de mí, de cuando viví en Sevilla y por las noches buscaba ovnis por los campos del Puerto de Santa María. O cuando di la vuelta a Francia en autostop con mil doscientas pesetas y al regreso me sobraron ciento sesenta, dinero que gasté en Oviedo invitando a unos franceses a unas botellas de sidra, hace ya veintitantos años. También podría decirles que he cambiado el nacionalismo de mis antepasados por un internacionalismo galopante, aunque desde el más profundo respeto a la diversidad cultural. Pero no llegarían a conocerme tanto como si intentan acercarse a mi alma a través de la lectura de mi poesía.

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