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Terra
La Coctelera

Categoría: Camino de la luz

Si suavemente

 

SI SUAVEMENTE...

Si suavemente recorriera tu litoral,
si suavemente sintieras mis dedos sobre tu piel,
mis finos labios, mi boca,
si sintieras mis manos como palomas blancas
allí donde tu polvorín más hondo estalla,
si galopara en la densidad marina de tus olas,
escucharías
un rumor de sedas,
de ecos repetidos,
de sol sin llama,
como fuego que no quema,
como hoguera que no arde
pero alumbra,
como lluvia con rumor
a catarata que desborda el cielo
pero no ahoga,
oirías, como te digo,
la sirena de mi puerto en la mañana
gritando muda con su aliento
de gaviota enamorada
que te quiero.

Si yo sintiera en mis maderas el agua
de tus mares, la espuma de tus versos,
la fuerza de tus olas
jaleando los costados de mi barco
en mitad de los océanos,
treparía a las velas de tu esencia
y dejaría mar adentro,
a la deriva,
el amargo volcán de mis silencios.

Si en mis ojos redoblaran las campanas
delirantes de tus rojas amapolas,
y el faro de la vida me orientara
como resto de un naufragio hacia tus costas,
poblaría de planetas tu universo
y de latidos mi negra caracola.

 © Fernando Luis Pérez Poza

Pienso en ti, compañera

 

PIENSO EN TÍ, COMPAÑERA

Hoy, con el aire envuelto
en una tiniebla de tristeza,
pienso en ti, compañera.

Me pregunto por dónde
andarán tus huesos, tan lejos
de mi cuerpo, tan cerca de mis versos.

Aquí, en esta isla solitaria
del tiempo, pienso en ti,
en tu piel suave como un beso,
en tu boca madura de fruta
a punto de caer del árbol,
en tus ojos de fresa enamorada
que miran con el fuego de una llama
y apagan en el aire las distancias.

Aquí, en este remanso solitario
que el río de mi vida me depara
me detengo a soñar tus pechos
con la blanca ternura de mis dedos
y la lava encendida de mis brazos.

¿Dónde estás, compañera?
¿En qué universo
se han escondido tus átomos?
¿De qué materia transparente
estás hecha que no alcanzo
nunca a divisar tus cielos?
Pienso en ti, compañera.

 © Fernando Luis Pérez Poza

Definición

 

DEFINICIÓN

Amar es un viaje
lleno de luces y de sombras,
un huracán que te eleva del suelo
y te puebla de estrellas los huesos,
es volar por el cielo en primavera
y descender a los infiernos del invierno,
es una amarra que te ata a la vida
o simplemente una excusa
para seguir viviendo.

Amar, compañera,
es como arder sin encenderse,
la pirotecnia de un cohete
que te asciende a las alturas
y te deja caer como una piedra
en un océano de calaveras.

Amar es un delirio del cuerpo
que nos abre otros universos,
es una nieve que arde,
o un fuego que se apaga,
una sombra que brilla
y una luna que se oculta
en lo más hondo de las venas.

Amar es escuchar una tierna melodía
en medio del silencio de la noche,
recorrer un sendero de amargura
sin mas tara o equipaje
que el inmenso baúl de la locura.

 © Fernando Luis Pérez Poza

Mira el mar, compañera

 

MIRA EL MAR, COMPAÑERA

Mira el mar,
ese lienzo bordado de espejos azules
que siempre borra la huella de mis pasos,
la melodía secreta de sus olas,
el carnaval sincero de su espuma
tan triste como un sueño,
tan fugaz como un destello.

Es su piel un horizonte espeso,
infinito, distante, fugitivo,
laberinto de salitre
donde se muere el aire
para que puedan respirar los peces.

El aire,
esa agonía rota,
esa soledad hecha destino
por donde trepan
las espirales del llanto
y se derrumban los abismos del alma.

El alma,
ese frágil castillo de diamantes,
ese pálido arrecife o bandera blanca
que ondea en el azul de la palabra
y destila los vaivenes de la sangre.

Mira el mar, compañera,
que la vida es una corta espera
y yo no quiero perdérmela entera.

 © Fernando Luis Pérez Poza

Compañera

 

COMPAÑERA

Compañera, hoy he visto
que en tus ojos hay gaviotas que sueñan,
llamaradas que huyen del hielo,
estrellas de ojos mansos
que derraman limosnas de luz
en el abismo roto de mis venas.

Y te diré que a todas horas siento
cómo tus manos amueblan mi piel
caricia a caricia,
            ternura a ternura,
                        segundo a segundo,
que a todas horas siento
el cálido roce de tus dedos,
cruzando suavemente mis fronteras,
cómo si cada poro de mi cuerpo
fuera un universo abierto al infinito rumor
de tus latidos,
                     de tus abrazos,
                                             de tus sentidos.

Hoy, compañera, como cada noche
de un tiempo a esta parte,
celebro haberte conocido,
saber que a veces eres
lluvia para ahogar mis penas,
tierra para sembrar mis besos,
trueno para apagar silencios.

Hoy, compañera, amante, amiga en la tristeza,
por encima de todo quiero decirte
que cada día que pasa
el cielo me parece aún más alto,
que no hay techo más allá de las estrellas,
y que algunas veces, cuando sueño, vuelo,
si tus alas de cometa se despliegan a la par
de la loca fantasía de mis velas.

 © Fernando Luis Pérez Poza

Elegía a una mujer que amé

 

ELEGÍA A UNA MUJER QUE AMÉ

Me ha dejado tu marcha un dolor solitario
que en muchísimo tiempo no saldrá de mis venas,
un dolor inhumano de cilicio y de espinas
que se hunde sin tregua en lo más hondo del pecho.

Tu risa era tan sencilla, sincera y abierta,
que cuando estallaba era cristal de mil colores
que saltaba en pedazos y llenaba de esquirlas
todos los rincones huecos de mi corazón.

Conocías las claves más secretas de mi alma,
sabías de memoria el mapa de mis corales,
y en el libro impreso de mis sueños eras siempre
la página más bella que jamás se escribiera.

Tu cuerpo era salvaje, delirante en latidos,
esencialmente puro, de fértil pedrería,
tal vez con texturas y ternuras infinitas
que nunca nadie pudiera haber imaginado.

Cuando descendías a la tierra y te entregabas
-tú que eras ola ardiente en mitad de la tormenta-
traías a mi vida el frenesí de las musas
y el veneno mortal  de su trémula serpiente.

En las tardes de invierno tus labios de alambique
destilaban pétalos de nieve y rosas blancas,
mareas desbordadas de sedas y suspiros
que me hacían sentir la luz de tus relámpagos.

Pero también eras ave de paso, fugaz
velero sin timón y sin vela que equivoca
el rumbo y se despeña en el abismo sin fondo
del tiempo eterno del que nunca se regresa.

Tus ojos eran tragaluces claros por donde
se escurría una mirada limpia y sin fronteras
en la que resonaban solemnes las campanas
del amanecer, del mediodía, del crepúsculo.

Ahora eres solo un recuerdo amargo y vacío,
la voluta de un humo que fluye hacia el olvido
y no sabe que detrás del último horizonte
sólo hay ventanas para mirar a la muerte.

 © Fernando Luis Pérez Poza

Mira el cielo, compañera

 

MIRA EL CIELO, COMPAÑERA

Mira el cielo, compañera,
esa selva azul e inmensa
donde duerme el horizonte
y se desesperan los sueños.
¿No escuchas el batir de los remos
o las hélices del alma de los muertos
abriendo surcos en las aguas de la nada?
Con las cadenas del ancla mal engrasadas,
ponen rumbo a ninguna parte,
se derraman por los adoquines sordos del vacío,
se deslizan por la cresta del silencio
como oleadas de sombras que cortan el aire
y arrojan sus trozos
al inmenso basurero del absurdo.

¿No oyes sus fanáticas risas de cadáver,
el crujido lento de sus huesos de cieno?
Silban, gruñen, suspiran hondamente
y en cada uno de los sonidos que emiten
se advierte un olor a bodega rancia,
a vientre de barco desahuciado,
a estómago vacío de serpiente.

Ya no corre por sus venas
el vapor trepidante de la sangre,
la sonrisa alada de la vida
tañendo la campana ronca del mañana.

Atrás se quedó el tiempo, atrás,
oscurecido por el polvo del recuerdo,
en la mirada turbia del pasado,
en el gris cendal de aquella tumba profunda
que abrió sin remedio
el abismo descarnado de la tierra.

Mira el cielo, compañera,
porque todavía sigue ahí, azul, colgado,
quién sabe de qué infinito
o desmedido campanario,
quién sabe a qué puerto
o dársena del universo amarrado,
quién sabe para qué o por quién inventado.
Mira el cielo, compañera
y vive con toda la intensidad que puedas
la fértil realidad de la existencia.

 © Fernando Luis Pérez Poza

Dime, compañera

 

DIME, COMPAÑERA

Dime, compañera.
¿Por qué caminos se llega hasta tu alma?
¿O qué palabras tendré que inventar
para ocupar esa celda dormida
que acumula océanos de ternura
en las colmenas de tu corazón?

Yo vengo de una tierra seca y extraña,
del frío territorio de la nieve,
de un árido desierto sin orillas
donde sólo se respira la muerte.

Atrapado en un baúl de pesadillas
y amarguras, soy un muñeco del tiempo
que se desliza a rastras por la vida
con el alma tatuada de silencios.

Dime, compañera.
¿De qué madeja saldrá el hilo dulce
del destino que nos volverá ovillo?
¿De qué cielo se extraerá el azúcar
infinito que unirá nuestros cuerpos?
¿Es qué existe algún árbol que florezca
y dé frutos en mitad del invierno?

 © Fernando Luis Pérez Poza